La casa, un espacio político

Esta frase: “en casa manda mi mujer”, que muy a menudo oímos decir a los hombres tiene un significado profundo que hay que analizar. Porque la casa es el lugar donde se toman las decisiones y se organiza la actividad. Es el “motor” desde donde se distribuye la energía para organizar la vida. Y si la familia es la unidad social que estructura nuestra sociedad, la casa se convierte en un espacio político donde se gestiona la economía y se gobierna.

Esta frase entraña una doble lectura: por una parte la aceptación de una verdad incuestionable, y por otra la falta de reconocimiento social que conlleva implícita, una ocultación del poderío de la mujer, pues queda “difuso” este gobierno femenino sin un lugar donde posarse para ser reconocido.

Ahora, a veces me pregunto: ¿Qué valores masculinos subyacen en esta imposición patriarcal de la mayoría de nuestras sociedades?
Si analizamos los orígenes y la función del hombre en nuestra especie, constatamos que su labor y su contribución biológica a la concepción del feto humano se recrea en la protección de la mujer y de la cría para preservar la vida, pero me digo, si, éste, no es un papel secundario frente al hecho de dar la vida a un nuevo ser. En el cuerpo de la mujer está contenida la semilla que, como en la tierra fértil, brota. Y este poderío sólo lo tienen las mujeres.

Si analizamos el contexto religioso de nuestras sociedades veremos que todas las religiones del Libro: el judaísmo, el cristianismo y el islam, fueron difundidas e impuestas por hombres que las utilizaron en su favor, y que buscaron a dios fuera del cuerpo de la madre, reivindicando, así, dioses masculinos. Por eso las tres son semejantes. Prevalece en ellas la desvalorización hacia la esencia divina de la mujer, la madre creadora de vida que perpetúa en su cuerpo a la especie humana. Porque el reconocimiento de este poderío significaría aceptar la naturaleza secundaria del hombre en el contexto de una sociedad. Y es esta visión patriarcal, arrogante en su contenido, la que hace daño, no la esencia misma de estas religiones que, en su profundidad, postulan el amor, la fraternidad y el bien común

Creo que el desarrollo de las virtudes del corazón y del amor son signos de adelanto, la arrogancia, el dominio y el egoísmo significan el retroceso, el atraso. El amor a las cosas sencillas conforma la misma esencia de lo sagrado. Es este amor que confiere belleza al principio materno de la vida. En el corazón de la “buena” madre, la generosidad que desea el bien común de su prole.

Un lugar donde la madre no repita los esquemas patriarcales aprendidos, sino que desde su misma esencia se rebele del “maltrato social” sufrido a lo largo de la historia e, insumisa, hable alto e inspire una nueva ruta a seguir. Un horizonte común donde el diálogo, y el “acuerdo mutuo” sean la base de una nueva comunidad. Ese sería mi deseo.



Una respuesta a “La casa, un espacio político”

  1. Jordi Odrí dice:

    S empre encetant qüestions d’interès amb un punt de vista especial que conviden a la reflexió.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *