La naturaleza que guía

Ida es la dueña y la jefa de sus tierras, nadie manda sobre ella. Eso la hace sentir relajada y feliz. Los campos los ha recibido en herencia de su madre. Hoy se ocupa de separar las plantas de arroz para que puedan respirar mejor y crecer con más alimento. El campo produce dos cosechas al año y los beneficios rondas los 500 euros. Su marido trabaja de jornalero en otros campos de arroz y le da el sueldo porque ella se encarga de la economía. Para ella el Adat consiste simplemente en ser generosos con los demás.

“La naturaleza es nuestra maestra”. Esta es la esencia del Adat, la filosofía que rige la sociedad matriarcal minangkabau. Pero hay que saber desechar de ella los aspectos negativos –el fuerte se come al débil- y aprender sólo de los positivos.

Ida, era mi vecina en Patangaham, aldea próxima a Bukittinggi. Un día me puso un ejemplo: la planta de arroz, cuando es joven se desarrolla orgullosa y erguida, pero cuando madura, el peso de los granos la hacen curvarse.

¿Cuál es la enseñanza?, para Ida está muy claro: debemos aprender a ser desprendidos y humildes con los demás a pesar de poseer riquezas y descartar de nuestra vida el orgullo y la arrogancia”.

Esta visión impregna el sentir de la sociedad.

Durante mi estancia entre los minangkabau la belleza de los campos de arroz en su constante transformación, las largas hileras de palmeras y las pequeñas aldeas minang alineadas al borde del camino conformaban mi día a día. Entre ellos pude sentir que la rutina se vuelve afable cuando no se llena de prisa ni obligación. Cuando la expresión de la alegría y el amor es una constante, y la gente se pone la mano al corazón para saludarte. Y es entonces cuando tu alma se siente acogida,
como si al alba de su cultura fueras guiada por una percepción diferente de la realidad y de la vida, y fueras una niña muy querida.

En Sumatra sentí el abismo que separa esta comunidad de la sociedad patriarcal en la que vivo, tan
vasta en emociones, tan poco dada a la expresión de los sentimientos más profundos, tan yerma de sabores y, entonces, comprendí que nosotros no nos dejábamos seducir por la belleza que nos rodea siempre. Ésta, que ha de enseñarnos a ser mejores con una mirada positiva. Ésta que ha de guiar nuestros corazones…

Eso es lo que aprendí.



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